Bakio aporta un poco de luz en la recuperación de su memoria

Son quince los años que llevan en Bakio trabajando en torno a la memoria histórica y como hito en esa labor, el Ayuntamiento, con la ayuda en los últimos meses de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, ha editado una publicación, que presentó el pasado domingo y que es un homenaje a quienes fueron protagonistas de aquellos tiempos oscuros. Su autora es Zuriñe Goitia Bilbao pero son muchas las personas que han estado implicadas en este proyecto con el que se ha pretendido «superar el silencio y el miedo imperante sobre el tema que han tenido quienes vivieron el conflicto bélico».

El libro arranca aportando pequeñas pinceladas de cómo era Bakio durante la Segunda República, con una población de 1.635 personas en 1934. En aquellos años, la mayor parte de sus habitantes desarrollaban sus vidas en torno al caserío, con el laboreo de las tierras y el cuidado del ganado como principales tareas. En el Consistorio convivían sin grandes desacuerdos los cuatro corporativos del PNV –con batzoki desde 1908– con los tres monárquico-tradicionalistas.

A continuación se aborda la contienda bélica, en la que más de un centenar de vecinos defendieron la legalidad republicana, incluyéndose pequeños perfiles de los once gudaris o milicianos muertos en el frente y también se cita a ocho sublevados. Por aquellas fechas, la población censada era de 1.420 habitantes que, con veraneantes y refugiados, llegó a aproximarse a los 2.500.

Tras la caída de Gernika el 29 de abril de 1937, al encontrarse Bakio en la zona de guerra, su Consistorio se evacuó del 1 de mayo al 4 de junio a Zalla, al igual que 44 personas. El objetivo de los fascistas era la toma estratégica de Sollube, que se materializó definitivamente el 14 de mayo. Para entonces, después del control de las baterías de Matxitxako, los sublevados entraron el 9 de mayo en la localidad, que tiene reflejo en informaciones periodísticas de la época. Esas tropas a las órdenes de Mola se enfrentaron a gudaris y milicianos en la batalla de Jata.

La posterior represión tiene un extenso capítulo, que incluye el control de las instituciones locales con la depuración de empleados públicos y sacerdotes, la represión económica sobre baserritarras y la incautación de bienes; en todo ello tienen gran importancia los testimonios de quienes lo vivieron. Se aportan los de Virginia Abio Erkoreka, Isidra Agirre Ormatza, Julián Agirre Santorkuato, Edurne Antxustegi San Pedro, Karmele Artetxe Bolado, Juan Barrenetxea Baranda, María Concepción y María Eugenia Barturen Uriarte, María Victoria Barturen e Iñaki Ormatza Muruaga, Pascual Barturen Uriarte, Ana María Bidasolo Errenteria, Miren Elgezabal Garai, Martín Elortegi Arrieta, Gregoria Errenteria Gaubeka, Teresa Garaikoetxea Oraindi, Santiago Goiarrola Arrien, Felisa Ibinaga Aurrekoetxea, Iñaki Longarai Larragan, María Josefa Longarai Garai, María Vicenta Mintegi Barrena, Sabin Muruaga Uriagereka, Juan Ormatza Errenteria, Rosario Ormatza Muruaga, Esther Uriarte Barturen, Javier Uriarte Uriarte, María Uriarte Errementeria, María Josefa Uriarte Uriarte, así como Begoña, Edurne, Pedro y Feli Meñaka Ormatza.

Fueron 62 civiles apresados y prisioneros de guerra bakiotarras, de los que tres fueron sentenciados y condenados a muerte, aportándose breves semblanzas de las decenas que padecieron un brutal régimen carcelario. No se olvidan de las cinco mujeres denunciadas por el alcalde franquista, de las que cuatro fueron encarceladas en Saturraran, detallándose lo vivido por once vecinas.

Se incluyen datos sobre el papel jugado por la Falange en la implantación del franquismo en Bakio, el rol que se asignó a la mujer en aquel tiempo, así como la represión lingüística y cultural.

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